Cuando, fuera del sudeste asiático, explicas a alguien lo que es el Pencak Silat, puede pensar que ese arte marcial tan extraño, tan poco conocido y proveniente de las selvas más profundas de Indonesia no es para él o ella. Nada más lejos de la realidad, el Pencak Silat es para todos, ya sean niños, adolescentes, adultos, hombres o mujeres, e independiente de que hayan pisado o no alguna vez un gimnasio. El Pencak Silat está diseñado para acompañar a las personas en todas las etapas de su vida.

El harimau (tigre) es la esencia del estilo que practicamos (Harimau Minangkabau), sus movimientos bajos y fluidos pueden parecer complejos para quien no los practica. La curva de aprendizaje es lenta, el sedentarismo que sufrimos hoy en día no ayuda a acortarla, pero la constancia y la buena práctica hacen que aprendamos a movernos como el tigre, con flexibilidad, con atención y con firmeza cuando es necesario. Pero lo más importante no es imitar al animal, sino comprender lo que representa: adaptabilidad, respeto y paciencia.

En una clase puedes ver al pesilat (practicante de Pencak Silat) más joven moviéndose por el suelo como un tigre curioso, mientras que una persona mayor trabaja despacio, fortaleciendo su equilibrio y movilidad. Ambos están practicando el mismo Silat, pero cada uno adaptándolo a su cuerpo y a su momento vital.

El Silat no solo enseña a defenderse o trabaja el aspecto físico, también trabaja la mente, la personalidad.

Para un niño, entrenar Silat es como convertirse en un tigre inquieto. Los ejercicios de gateo, saltos y giros desarrollan coordinación motora, flexibilidad y reflejos. Una niña tímida empieza a ganar seguridad cuando descubre que puede moverse de manera rápida y ágil. Un niño que suele distraerse en clase aprende a concentrarse al seguir el ritmo de los jurus (formas). Todos, sin darse cuenta, adquieren disciplina en un ambiente lúdico, donde la tradición se transmite también a través de historias y juegos.

La adolescencia es un momento de explosión física y emocional, aquí el Silat canaliza la energía con entrenamientos intensos y técnicos. Refuerza la autoestima gracias a progresos tangibles como pasar de no poder sostener una postura baja a moverse con fluidez. Crea un sentido de identidad y pertenencia, formando parte de una tradición milenaria, con valores de respeto y humildad.

En la etapa adulta, las prioridades cambian, se busca bienestar, control del estrés y seguridad personal. El Silat ofrece todo eso ya que, cada entrenamiento es un ejercicio completo de fuerza, flexibilidad, resistencia y agilidad. Los movimientos de defensa y contraataque son una herramienta real de protección personal, adaptable a situaciones cotidianas. El trabajo en grupo y el aprendizaje constante ayudan a liberar tensiones y mantener un equilibrio mental.

En Indonesia, los ancianos siguen practicando Silat no porque necesiten defenderse, sino porque cada movimiento es un recordatorio de su conexión con el arte, de su identidad dentro del arte marcial al que tantos años han pertenecido y tantos les aporta. Los movimientos suaves ayudan a mantener articulaciones móviles y prevenir la rigidez. Los ejercicios de equilibrio reducen el riesgo de caídas. La práctica habitual ofrece un bienestar tanto físico como mental.

El Pencak Silat no discrimina. Un mismo movimiento puede ser un juego para un niño, un desafío físico para un adolescente, un recurso de defensa para un adulto y un ejercicio de meditación activa para un anciano. Lo practiques con la energía de un niño o la calma de un anciano, el Pencak Silat siempre te ofrece algo valioso.

Algunas artes marciales exigen una condición física o una disciplina previa que puede intimidar. El Silat, en cambio, se adapta a ti. Si puedes sentarte en el suelo, ya puedes empezar a sentir sus movimientos. Si puedes caminar, ya empiezas a ser consciente de tu propio cuerpo, aprendes a fluir.

No importa tu edad, tu experiencia o tu fuerza, importa tu disposición a aprender y a crecer. Para muchos, el Silat es una pasión que nos acompaña, de una manera u otra, de por vida.

– Xabier –